-"APRENDER A DIBUJAR ES COMO APRENDER A ESCRIBIR EN TODOS LOS IDIOMAS"
Alo

PAISAJES DEL ÉTER:

Contemplemos la desnudez sin ornamento, la visión clara que trasciende los contrastes, jugando con ellos, unificando una mirada conjuntiva y reproductiva de belleza: la belleza asombrada de la luz de los instantes, del paisaje revelador de una atemporal sincronía con la naturaleza y con el sueño, con la tierra y con el espíritu, con la piedra y con el poder que la encarna, poder que otorga alma y presencia, vida en la inercia, quietud en lo más hondo del latido de lo vivo.

Los paisajes de Alo, embebidos de una atmósfera ingrávida y envolvente, aluden a una conciencia sutilmente matizada, expresada en su esencia más primitiva, dejando al espectador la oportunidad de completarla para añadir la verdad propia a lo insinuado, para explorar y configurar por sí mismo un escenario interior que emergerá de la mágica transmutación de los polos opuestos, del yin y del yang, del blanco y del negro, dejándonos formas tan abiertas como el Tao, tan inexpresables como claras y visibles en lo profundo de nosotros.

En la contemplación sin artificios el alma se muestra original, siempre sin concluir, continuamente naciendo en la inocencia de una honesta virginidad de trazos, visiones y símbolos eternos. Se siente la forma antes de la forma, se huele la tierra en su traslúcido aroma de éter, húmedo y eclipsado; y se saborea, se toca, ante todo, un silencio, un sentido de no temporalidad, una hermandad con los elementos nacida de un abrazo íntimo y esencial con la naturaleza y con su misterio.

La montaña y la roca, la nube, la nieve y la niebla, el horizonte y su atmósfera de vapor y luz, el abismo del agua, la oscura huella de lo desconocido, el movimiento del aire trayendo certezas de lúcidas visiones arraigadas en la cima de piedra, en el cénit de los cielos, en la palpitación y en los torbellinos del alma, comunicada y en comunión con los elementos de la materia y con su impulso sagrado, el éter. Éter hecho arte, armonía estremecida, belleza incontenible, organismo ascendido y espiritualizado, vivificado, como raíces brotando, como llamaradas callando, como brumas amándose y consumando destellos sagrados.

La naturaleza vibra, como un mantra, concibiendo un paisaje, un eco, una imagen que resuena en nosotros -reflejos de esa misma naturaleza- atravesando la conciencia de los elementos, las capas gaseosas de los cielos, las mareas de oxígeno y de hidrógeno, desde el aire atmosférico, desde el helio de las estrellas, para ver que todo está aquí, que la fuerza y misterio del universo desemboca en una montaña desde la cual podemos escalar al Big Bang, pues la cumbre de la Tierra es la cumbre del espíritu, la intuición y la realización del vuelo, más allá de la materia, hacia los inexplorados confines del éter. Contemplemos pues, la desnudez sin ornamento, la mirada fiel de unos paisajes que nos contienen y nos desalojan de toda superficialidad, alojándonos así en la consumación de una materia espiritual tan íntima como sublime y misteriosa.

José Manuel Martínez Sánchez

EL CIELO, LA MONTAÑA Y EL MAÑANA:

Silencio. Sed respetuosos. No debéis hacer otra cosa. Cualquier sensibilidad humana debe estremecerse bajo la presencia totalitaria de la montaña, la roca primordial que nos ignora, que nos recibe con desdén. No somos nada para ella. No somos ni piojos intentando subir a un elefante.

La montaña es mucho más que eso, casi no podemos ni darnos cuenta de todo su significado. Es el gran dios elemental que aún disfruta la siesta y aguarda, todavía sin prisa, tiempos más propicios para desperezarse a gusto. Sólo hacemos nuestra vida porque duerme, porque en este momento no necesita cambiar de postura, porque él no tiene nada mejor que hacer que nos afecte. Más vale que nada, ni humano ni ajeno, nada en absoluto, provoque un estertor antes de tiempo; y menos todavía que, por un mal caso, despierte de su sueño como de una pesadilla, en una explosión de magma y cólera desatada.

Mucho saben los hombres, aprendido desde que tienen memoria, que poco pueden hacer para protegerse si la montaña despierta con ira. Así pues, subid en paz y guardad silencio. Por vuestro propio bien. Sed respetuosos.

Ojalá que sigamos siendo hormigas. Ojalá que sigamos siendo tan poca cosa a su lado, tan inofensivos, como para que nos deje hollarla sin estremecimientos; con la condición de ascender sin dejar rastro, en busca de la paz con la roca surgida de las profundidades. Es así cómo el montañero busca en el reto del ascenso la paradoja en pendiente contraria, el descenso al infierno más profundo y oscuro que se pueda esconder en su propio interior. Sólo así podrá trascenderse a sí mismo y superar sus límites. Sólo así podrá declararse apto en su lucha contra la montaña.

Apenas lo pensamos, pero todo nuestro mundo depende del beneplácito de la naturaleza. Nosotros no podemos hacer casi nada, sólo observarla, respetarla, y procurar que no se excite demasiado. Es muy sencillo perjudicarla, y muy, muy complicado apaciguarla cuando se molesta. Debemos hacer lo que tengamos a nuestro alcance para que todo siga en paz. Y desear, con un ojo puesto en las cumbres, que nunca pase nada que no pueda evitarse.

Silencio y respeto ante vuestro más anciano antepasado. Esas rocas desnudas entre la nieve son los auténticos rostros de los primeros tiempos de la tierra, y aquí seguirán cuando los humanos no seamos ya ni un recuerdo flotando por el planeta. Los grandes golems de piedra y hielo primigenio nos miran pasar sin alterarse, indiferentes, y no tienen que hacer demasiado para provocar en los hombres y las mujeres de bien un escozor extraño en la nuca, un peso invisible que aplasta el ambiente, que desplaza el aire, que asfixia toda emoción que no sea sentirse pequeño. Basta con el peso de sus sombras, de sus siluetas colosales fuera de toda medida, para expulsar el aire de nuestro alrededor y provocarnos un jadeo lastimoso que se disuelve con nuestro exangüe vaho, y que nadie podrá escuchar nunca enmedio de la ventisca.

En tantos eones riéndose de lo vivo, cuántos seres deben haber sido engullidos y asimilados a sus entrañas como pequeños trofeos, recuerdos, abalorios azules de cristal. A veces, durante un fugaz momento, cuando el sol alcanza un ángulo concreto, se perciben sombras difusas en lo profundo de los hielos glaciares. Algunos bloques, metros de grosor de hielo azul más compacto que el acero, existían mucho antes de que nuestra propia raza aprendiera a descascarillar el pedernal. No podemos ni acercarnos a imaginar qué tipo cosas deben haber visto las montañas a lo largo de millones de años. Y que así continúe siendo para siempre.

Id en paz, y paz será lo que hallaréis en vuestro viaje. Más vale estar prevenidos. No sabemos si, de repente, entre las brumas que crean las nubes al desgarrarse contra la montaña, nos toparemos con el fantasma de alguna de nuestras vidas pasadas o futuras, que una vez perdió -o perderá- el sendero que le conducía a su propio centro. El fantasma de cada montañero, vivo o muerto -pues el muerto siempre vive en la montaña para guiar a otros donde él no tuvo suerte-, vaga desde entonces por estas laderas heladas, desiertas de vida, buscando quien le dé una palmada en la espalda, unas palabras de aliento y un trago de buen whisky americano. No puede haber reto más grande que enfrentarse a lo eterno, pues es la única forma de conocer nuestro verdadero tamaño respecto al mundo, nuestra verdadera importancia, nuestra relativa importancia. Sólo así podremos estar preparados para el mayor y más peligroso de todos los retos: enfrentarse con la propia sombra en un duelo en un desfiladero blanco. El infierno, si es que existe, debe ser un desierto blanco de frío y hielo infinito.

Sólo nos queda enfrentar a la montaña desde el honor. Desafiar a la Tierra en un duelo entre caballeros. Subir hasta el cielo es requisito necesario para tomar consciencia de cómo debe ser el infierno. Nunca lo olvides.

El Ragnarok comenzará, tarde o temprano, en una montaña.

Ángel M. Alcalá.

Técnica: Carboncillo sobre papel algodón.

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